“Encuentro en los perros más humanidad que en los hombres”, dijo José Saramago en 2003, en una de sus visitas a México, y esta frase envuelve en gran medida una filosofía de vida y un enorme respeto por los animales. El ejemplo claro de ellos fue Camoens un perro de aguas que fue su fiel compañero, su amigo incondicional durante muchos años y que este 2 de agosto dio su último suspiro. Así lo hizo saber Pilar del Río, la viuda de Saramago en su adiós publicado la página de la fundación que lleva el nombre del escritor, con el título Ha muerto Camoens, el perro que inspiró a Saramago.
“'Entra, has encontrado tu casa': así llegó Camoens a la vida de José Saramago [en 1995]. En el momento en que Manuel María Carrilho, ministro de Cultura de Portugal, le anunciaba a José Saramago que le había sido concedido el mayor galardón literario de la lengua portuguesa (Premio Camões)”, escribe Pilar del Río.

Y continúa: “Cuando Saramago apareció comunicando que había recibido el Premio Camoens, supimos, en ese instante lo supimos, que el perro que había encontrado su casa no iba a tener otro nombre que el del gran poeta portugués. Y así, al menos en Lanzarote, Camoens fue nombrado cientos de veces al día, fue vida y fue homenaje. Y este perro dulce y noble, que nunca aprendió a comer despacio porque hasta llegar A Casa había tenido que luchar contra el hambre y el abandono, con su corbata blanca dibujada en el pelo negro, que fue el modelo para el “Encontrado” de La caverna, un perro que, como todos los perros que Saramago inventa, es la mejor respuesta animal a la mejor conciencia humana, ha muerto con todos sus años y siempre amado”.
Camoens, tuvo que soportar la pérdida de su amo y amigo, de aquel que lo acogió y le dio un hogar en donde fue amado hasta el último día de su vida. Sufrió y lloró el vació que el escritor dejó en su vida, de forma sincera, franca, intensa. “Cuando Camoens regreso a casa tras la muerte de José Saramago no pudo aceptar la ausencia. Estuvo intranquilo durante el día, pero cuando llegó la noche y no vio al dueño ni en la cama ni en el sillón que habitualmente ocupaba, cuando una y mil veces recorrió el espacio entre las dos habitaciones, cuando entendió que el dueño ya no estaba ni iba a estar, que eso es la muerte, aulló, gritó, se desgarró en un dolor que describirlo araña el alma. No bastaron abrazos para consolarlo, ni palabras cariñosas: iba y venía de un lugar a otro en una carrera que partía el corazón, gemía con dolor humano”.

Con la sensibilidad de una despedida a un ser amado, y con el dolor que se siente desde lo más hondo del ser, Pilar del Río concluye su texto: “Saramago ya no podrá llorar por Camoens, ahora que ha muerto tan dulcemente como vivió, tan honestamente animal que apetece aprender de su forma de estar en la vida. O tal vez, sin llorar, se encuentren en la sensibilidad creada que nada ni nadie puede destruir porque tanta vida compartida, y en tan amable compañía, no puede perderse”.
Así, queda de patente el último adiós al compañero de vida, al inspirador de personajes literarios, al que fue más que una mascota; fue un amigo, un miembro de la familia Saramago: Camoens.






























