Hay muchas razones por las que un excelente compositor puede haber pasado desapercibido (probablemente hay menos razones por las que alguno se hace famoso), y eso porque la fama suele ser sólo un poquito asunto de talento y un montón asunto de suerte y otras muchas cosas. A veces es difícil explicarse cómo puede ser que la música que a uno le encanta sea tan poco conocida -obviamente porque a uno mismo le parece muy buena-, pero en el caso de Richard Wetz (1875 - 1935), la causa es tan escandalosamente obvia que bastan unas líneas para entenderla: sus últimos dos años de vida los pasó enlistado con los nazis.
El caso es bastante frustrante, en realidad, porque hasta 1933 su carrera fue escalando prometedoramente, afín a su indudable pericia para componer; pero la mancha de la Segunda Guerra Mundial y su resultado enterró con ímpetu todo lo que Hitler y los suyos habían tocado o lo que siquiera se acercara a ser relacionado con su tan repudiado régimen. Por lo menos en esta parte del mundo, en la que los nazis y sus ideas son equiparadas a todo lo que consideramos ruin y malvado en el mundo, algo que se considerara legado nazi no tenía cabida. Y así, Richard Wetz terminó por ser olvidado. El cáncer de pulmón lo mató en 1935, sin dejarle ninguna oportunidad para replantear su posición después de atestiguar los horrores de la guerra.
Y aún con todo eso, es un compositor tan sensible y emotivo, de tanta profundidad melódica, que quien tenga la oportunidad de escucharlo no debería dejar de hacerlo para juzgar por sí mismo. Además de sinfonías, escribió excelente música para piano, y algunas óperas que disfrutaron de renombre cuando se estrenaron. Después de todo, con la distancia que nos otorga el tiempo, no tenemos necesidad de reputar toda la vida musical de un hombre por las decisiones políticas que tomó en sus últimos dos años. Y si se escucha esta sinfonía que aquí propongo con calma para todos sus matices, seguramente concordarán conmigo en que es mejor disfrutarlo, famoso o no.






























