Cada vez que le recomiendo a alguien que escuche a Nick Cave and the Bad Seeds, empiezo diciendo: ponle atención a sus letras. Las letras, las letras. Es intolerable que, en un mundo en el que existe Nick Cave, alguien pueda defender que Ricardo Arjona escribe buenas letras. Tal vez en unos años, con un poquito de distancia y perspectiva, Nick Cave sea recordado como un poeta y no como un cantante. Sus letras son el verdadero núcleo de toda su obra. Casi podría decir que su música es sólo un pretexto para sus letras (pero no lo digo). Antes que “rolas”, son poemas musicalizados, cantados.
No es rebuscado, ni “ingeniosito”, ni “muy artístico” (que suele significar que no se le entiende nada pero “suena muy profundo”). No hay sensiblerías ni lugares comunes. No quiere conmovernos ni enternecernos a la fácil, ni hacernos sentir bien con nosotros mismos ni enorgullecernos de nuestros bonitos y nobles sentimientos (como muchos le hacen). Lo suyo es ser claro, desgarradoramente claro. Capaz de dar vértigo con unas pocas palabras, con imágenes limpias y sencillas que dan una vueltecita abismal de repente. Es verdad: la inmensa mayor parte de sus letras habla del amor. Pero en sus canciones el amor no parece un tema gastado, un comodín: es un testimonio sentido y honesto, que no esconde nada. En sus canciones el amor es un regalo y una enfermedad terminal, la fuerza que todo lo mueve y que casi siempre acaba por destrozarlo dolorosamente. Por eso, hablar del amor para él es también hablar de la violencia y del odio y del rencor, de Dios cruel y de la muerte que siempre anda cerca.
Nunca puedo hablar de sus letras sin sentir que las estoy ensuciando con mis comentarios. Ahí les dejo esta canción, para que se den color.

