Elliott Smith está muerto. En unos días se cumplen nueve años de su enigmático deceso: suicidio según algunos, demasiadas puñaladas según otros. Tenía 34 años, y hoy tendría 43. Acabar así, y a la luz de sus últimos turbios años, lo consumó con un bien cerradito esplendor de rockstar: por un lado, un sórdido infierno de rencores, paranoias, adicciones tiránicas, lúcida desesperación y un nutrido catálogo de disfunciones sociales clausurado por su temprana muerte; por el otro, sus canciones maravillosas.
Fue tan buen artista que todo lo que vale la pena saber sobre él está en sus canciones. Honestísimas, llenas de sí, necesarias: hechas estrictamente porque lo que dicen hacía falta decirlo. Combinan – o mejor, unifican – melodías y armonías siempre gentiles y agradables, con letras que sentencian con claridad atroz un arrobo de horror, asco y desengaño frente a las hipócritas bonanzas de su mundo. Hay que escucharlo porque ese mundo, terrible y maligno y seductor, es el mundo de todos nosotros, y su horror es el de todos los que han sospechado que todo, todo, todo era mentira y que atrás de la mentira no había nada.
Escucha a Elliott Smith. No te va a gritar en la cara ni te va a abofetear con un escándalo incivil: te va a cantar bonito, con voz aterciopelada y cálida y musgosa - telarañas de armonías. Te va a traer serenata con su guitarrita, bien afinada y bien tocada, bullente de arreglos, riffs y solos entrañables. Saldrías al balcón esperando encontrarte a un Beatle de traje y corbata, bien perfumado y peinado: en su lugar va a estar un muchacho sucio, enfermizo, ojeroso y gris, que en vez de una balada viene a cantarte la verdad, “a distorted reality is now a neccessity to be free”.
Si nunca lo has oído, empieza justito con esa canción.






























