Un día de 1999 caminaba por la calle de Donceles en el Centro Histórico del DF. Yo era un chamaco de 17 años que había acordado reunirse con una chica que le encantaba, en una de las cafeterías que por ahí había en aquellos años. Por la emoción llegué temprano (más de una hora) y decidí caminar un poco y curiosear por los locales cercanos, en específico por las famosas librerías de viejo. Después de hurgar entre los anaqueles de varios establecimientos, un pequeño libro llamó mi atención, no por lo espectacular de su portada, sino por el título: Fahrenheit 451. El autor era un tal Ray Bradbury. Lo hojee un poco y leí algunas frases sueltas; hablaba de bomberos, de libros y de países extraños, o al menos fue la impresión que me dio.
Aún no sé qué fue lo que me orilló a comprarlo, posiblemente fue el precio que resultó toda una ganga (y para que a un estudiante de preparatoria algo le parezca barato es porque realmente lo es).
Total, para no hacerles el cuento largo, me llevé el libro y me fui a mi cita (que dicho sea de paso resultó un éxito). Por la noche, al llegar a casa, comencé a leer el maltratado ejemplar. Desde ese momento no me detuve hasta que terminé la última página. Como un embrujo que ataba mis ojos a las páginas y a las palabras de aquel que antes era un desconocido y que llegó a ser mi íntimo amigo: Ray Bradbury (22 de agosto de 1920 - 5 de junio de 2012).

Y sí, no estaba tan errado con la primera hojeada. Sí hablaba de bomberos, no de los héroes que arriesgan su vida para salvar a las personas, sino de personajes que se encargaban de quemar todos los libros de se encontraban a su paso. También hablaba de libros, pero no como los podemos concebir, sino como objetos prohibidos, como símbolos de una diferencia en una sociedad en la que todos deben ser iguales: grises y oprimidos. Y sí, también hablaba de un lugar extraño en donde el conocimiento que no fuera aprobado por el gobierno, estaba totalmente prohibido.
Debo ser muy franco, Fahrenheit 451 me aterró en varias parte de mi recorrido lector, pues me hizo plantearme dos preguntas que hasta el día de hoy me dan vueltas en la cabeza: ¿Qué pasaría si en México tuviéramos un gobierno como el que Bradbury plantea en esta novela? Y la segunda, que es la que más me temor me dio: ¿Qué pasaría si en mundo ya no existieran libros? Para alguien que ama la literatura, ésta es una idea prácticamente inconcebible. Cuando terminé de leerlo, me propuse leer la mayor cantidad de libros que pudiera durante toda mi vida, y así lo he hecho.
Obviamente dentro de esta historia que ahora les cuento de manera muy burda y superficial, hay todo un entramado de intrigas, amor, pasión, muchas aventuras y por supuesto, esperanza; pero esos debes descubrirlos por ti mismo, curioso lector, cuando te adentres en las páginas de Fahrenheit 451. ¿Por cierto, sabías que el papel arde a 451° Fahrenheit?






























